Lo que hay tras algunos oros olímpicos

Cada triunfo tiene sus afanes, su historia y hasta su currículum. También, algunas circunstancias que pueden tardar un tiempo en conocerse o, al menos, en adquirir trascendencia pública.

Las componentes de la selección española de gimnasia rítmica en Atlanta 96 han recordado recientemente, unidas, las claves y la intrahistoria de aquel formidable éxito. “No fuimos a clase durante todo el año Olímpico”, ha señalado Marta Baldó. No ejercía de capitana; éramos una piña”, ha apostillado Nuria Cabanillas. Tenían entonces entre 15 y 17 años de edad. ¡Bárbaro!

Tenían que estar en el Instituto pero se entregaron a fondo para convertirse en las chicas de oro. “Cuando me llamaron, tenía 14 años. Afortunadamente, tuve unos padres que me motivaron e hicieron que fuese quien soy por motivarme para ir… y cuando volviese poder seguir estudiando”.

Han pasado 25 años de aquella gesta y varias enseñanzas quedan al descubierto. La primera, el extremo esfuerzo y el manifiesto coraje que han de derrochar unas niñas que apenas tienen una vaga noción, a esas alturas de la vida, de lo que significa la alta competición. La segunda, que incluso desde esa precocidad, desde esa inexperiencia inevitable, fueron capaces de trabajar como un motor, haciendo que cada engranaje cumpliese su función, apoyándose y ayudándose las unas a las otras para alcanzar lo imposible.

También sucede en el deporte, como en la vida misma, que la madurez/inmadurez poco tiene que ver con los años o con las canas. Está en el carácter, en el instinto, en la inclinación al trabajo y al compromiso que cada persona es capaz de mostrar. Y cuando se desarrolla ese instinto tan temprano, una parte relevantísima del éxito está más que garantizada.

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