La larga y fructífera estela de los Paralímpicos

“Ha sido un campeonado de diez, me voy súper contenta con las dos medallas”, dice la nadadora Sarai Gascón. “No tengo palabras, espero valorar las medallas como se merecen”, añade la atleta Adiaratou Iglesias. “Viene una generación excelente y el futuro de la selección está garantizado”, remata Óscar Trigo, el técnico de baloncesto.

Ha sido un año de retraso, la espera no ha sido corta, la preparación ha sido sui géneris debido a los estragos y la incertidumbre del maldito covid-19, pero nuestros paralímpicos han cumplidos sus sueños en Tokio, que son individuales y colectivos.

Los logros se han multiplicado en diversos vectores. Por una parte, se ha triunfado en disciplinas en las que apenas habíamos asomado cabeza. De otro lado, se ha consumado el relevo generacional, con promesas que cristalizan y que reciben el testigo de quienes comienzan a mirar la retirada. Y, por encima de todo, se ha transmitido una imagen de piña, de unión, de fortaleza desde el esfuerzo que llegaba cada día de cada deportista que se dejaba la piel para meterse en una final, para amarrar un diploma…

No es ningún tópico. Los Paralímpicos son más necesarios que nunca. El trabajo de la sociedad, y los esfuerzos de la opinión pública en los tiempos que corren deben ir encaminados a normalizar lo que es de por sí normal. Ello requiere de pasos, de hitos, de eventos, y de saborear la gloria de los mismos tal y como es debido.

Si el deporte lleva en su esencia el afán de superación (batir récords, mejorar marcas personales), cuando se practica por personas con discapacidad esa meta y ese horizonte se amplía indefinidamente, se engrandece. Chapeau por nuestra selección, por los que se han subido al cajón y por los que no. Todos NOS han ganado… el corazón.

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