¿Estás preparado para lo imposible?

Siempre ha sido así, pero vivimos tiempos en los que, dados los cambios convulsos que se suceden, muchos motivados por el empuje incontenible de la robótica y la inteligencia artificial, los empresarios no sólo hemos de estar preparados para lo probable o posible, sino, tal vez con mayor foco, para lo improbable o imposible.

Cuando se tienen responsabilidades al frente de una compañía, la labor de análisis es constante: el examen de lo conocido como la investigación de lo desconocido, la indagación en lo hipotético.

Siempre hay que contar con los riesgos y, sin que su evocación parezca esotérica, siempre con ciertas “fuerzas ocultas” que, subrepticiamente, y sin previo aviso, se pronuncian y golpean con fuerza el tablero obligándonos a reaccionar.

Soy de la idea de que una de las virtudes del inversor, del emprendedor, es la combinación y el equilibrio entre su capacidad prospectiva y retrospectiva. Las “luces largas”, por supuesto, y simultáneamente la mirada al espejo: sólo este enfoque nos permitirá una predicción ágil y eficaz.

La gestión de riesgos es tan vieja como la historia de la propia Humanidad, y ya los griegos y los romanos diseñaron modelos para explicarla. Pensemos en el catastrofismo (o en el realismo atroz) del filósofo Lucrecio: “nunca se debe tomar como fijo o inamovible el peor escenario posible, porque la historia demuestra que siempre puede llegar otro todavía peor”.

Puede parecer una perogrullada, pero no lo es. “Lo primero, antes que ganar dinero, es sobrevivir”. Es un axioma de Warren Buffet que no puedo compartir más plenamente. ¿Estamos preparados para sobreponernos a lo imposible?

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